Cuando pienso en el sur argentino, se me viene a la mente la inmensidad de sus lagos, montañas, bosques milenarios y la vida única que alberga la Patagonia. Es un paisaje que no solo es hermoso, sino vital para nuestro país y para el planeta. Hoy, sin embargo, ese recuerdo se tiñe de humo y alarma: la Patagonia está ardiendo.
Desde fines de diciembre de 2025 y durante todo enero de 2026, una ola de incendios forestales ha devastado la región patagónica, impulsada por altas temperaturas, sequías extremas y fuertes vientos, condiciones agravadas por el calentamiento global que vuelve estos fenómenos más intensos y frecuentes.
El fuego y las cifras que no podemos ignorar
Los datos más recientes muestran que más de 230.000 hectáreas de bosque nativo han sido arrasadas por las llamas en provincias como Chubut, La Pampa, Río Negro, Neuquén y Santa Cruz.
En Chubut, el epicentro del desastre, los incendios en zonas como el Parque Nacional Los Alerces han consumido decenas de miles de hectáreas, afectando bosques andino-patagónicos que tardan siglos en formarse.
Estas cifras son dantescas por donde se las mire, pero aún más cuando pensamos en lo que representan: ecosistemas enteros destruidos, hogares evacuados, fauna silvestre desplazada y miles de hectáreas que no volverán a ser lo mismo en varias generaciones.
Un paisaje en peligro: la Patagonia que amamos
La Patagonia es una de las regiones más singulares del planeta. Sus bosques de lenga, coihue, ciprés y arrayán, sus humedales, montañas y lagos cristalinos no son solo belleza escénica: son reservorios de biodiversidad, fuentes de agua limpia y pulmones verdes que regulan el clima. Cada hectárea que se quema es una fractura en ese tejido frágil.
Y aquí emerge otra dimensión de la tragedia: la recuperación no es rápida. Los bosques patagónicos no vuelven a crecer en meses ni en pocos años. En ecosistemas de clima frío y crecimiento lento como los de la Patagonia, puede llevar décadas o incluso siglos (200-300 años) recuperar un bosque similar al original.
Esto significa que lo que se pierde hoy difícilmente lo vean las próximas generaciones; la naturaleza no repara estos daños con la misma rapidez con que se desata el fuego.
El debate sobre la Emergencia Ígnea y el DNU
Frente a esta catástrofe, los gobernadores de las provincias patagónicas (Chubut, Río Negro, Neuquén, La Pampa y Santa Cruz) elevaron un reclamo al Gobierno nacional para que se debata y apruebe una Ley de Emergencia Ígnea en el Congreso, una herramienta que daría fondos, recursos y coordinación para enfrentar la crisis.
Sin embargo, la respuesta del Ejecutivo tardó y terminó llegando a través de un Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) que declara la “Emergencia Ígnea” en cuatro provincias: Chubut, Río Negro, Neuquén y La Pampa.
Esto significa que, en vez de que el Congreso discuta y legisle abiertamente sobre la situación, el Poder Ejecutivo decidió imponerlo por decreto, alegando urgencia para liberar fondos, movilizar recursos, coordinar esfuerzos entre Nación y provincias, y atender tanto al combate de los incendios como a las necesidades sociales que genera la crisis.
La medida fue celebrada por algunos como un paso necesario ante la gravedad de los hechos, pero también fue criticada desde distintos sectores políticos y de la sociedad civil, que consideran que llegó tarde y sin el suficiente diálogo con las provincias y comunidades afectadas.
El debate no es menor: se discute cuándo y cómo se atiende una tragedia ambiental de esta escala, qué herramientas se necesitan —y si un DNU es suficiente o si debería existir una ley más sustentada—. Además, existen cuestionamientos por la priorización de agendas políticas mientras la Patagonia sigue ardiendo, una crítica que ha marcado el tono de muchas voces públicas y territoriales.
Mirar hacia adelante
Lo que está ocurriendo en la Patagonia no es una mala racha aislada: es el reflejo de cómo el cambio climático y la falta de políticas públicas robustas pueden amplificar una tragedia ambiental en crisis humanitaria y ecológica.
Me cuesta pensar que áreas que tardaron siglos en formarse puedan extinguirse en semanas. Pero también me queda claro que la forma en que respondamos hoy —con recursos, debates serios y políticas a largo plazo— determinará si perdemos para siempre partes irreemplazables de nuestra naturaleza.
La Patagonia nos pertenece a todos, y su recuperación requerirá no solo dinero y brigadistas, sino voluntad política y compromiso colectivo para enfrentar los incendios y evitar que tragedias como esta se repitan cada verano.
Por: Valentín Cabrera
Publicado por EL DIARIO. Más información sobre el autor y los contenidos en este link
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