Entre aplicaciones, contraseñas y códigos imposibles, crece el debate sobre una modernidad que muchas veces avanza dejando personas atrás.
Hubo un tiempo en el que hacer un trámite significaba salir de casa, caminar hasta una oficina pública o un banco, sacar un número y esperar sentado en una silla incómoda hasta que alguien atendiera detrás de una ventanilla. La escena podía ser lenta, burocrática y hasta tediosa, pero tenía algo fundamental: del otro lado había una persona.
Hoy, en cambio, la realidad es muy distinta. Para pedir un turno médico, consultar una jubilación, reclamar una factura o hablar con el banco, muchas veces ya no alcanza con acercarse a una oficina. Ahora el sistema exige descargar aplicaciones, recordar contraseñas, validar identidades digitales, ingresar códigos temporales y navegar por plataformas que cambian constantemente.
Y en medio de esa transformación tecnológica aparece una pregunta cada vez más frecuente entre miles de adultos mayores: ¿en qué momento nos obligaron a convertirnos en expertos informáticos?
La digitalización avanzó a una velocidad enorme en los últimos años. Bancos, organismos estatales, empresas de servicios y hasta centros de salud migraron gran parte de sus trámites al mundo virtual bajo la promesa de mayor rapidez, comodidad y eficiencia. Sin embargo, detrás de esa modernización también apareció una consecuencia muchas veces ignorada: la exclusión de quienes no crecieron rodeados de pantallas.
Porque para una parte importante de la población, especialmente las personas mayores, la tecnología no siempre representa facilidad. Muchas veces representa angustia.
El nuevo laberinto digital
Lo que antes se resolvía hablando con un empleado hoy requiere atravesar una verdadera carrera de obstáculos digitales.
Primero aparece la aplicación. Después la contraseña. Luego el código enviado por mensaje de texto. Más tarde la validación biométrica, el correo electrónico, la confirmación en dos pasos y finalmente una pantalla que se bloquea justo cuando parecía que el trámite estaba terminado.
"Es muy fácil", suelen repetir las empresas o los organismos. Pero para muchísimas personas mayores no lo es.
Será sencillo para quienes nacieron utilizando celulares y computadoras desde chicos. Para quienes aprendieron naturalmente a deslizar el dedo sobre una pantalla o a manejar decenas de aplicaciones distintas. Pero no para quienes crecieron en otra época, con otras herramientas y otras formas de relacionarse con el mundo.