Durante más de 10 años, Nilda Armario llevó adelante un roperito comunitario desde su domicilio, con el acompañamiento de la Iglesia Bautista Pueblo de Dios. A lo largo de ese tiempo, entregó ropa, calzado, guardapolvos y prendas de abrigo a numerosas familias, siempre con una premisa clara: ayudar de manera solidaria y sin ningún tipo de interés económico.
Con emoción, Nilda explicó que cerrar el roperito fue una de las decisiones más difíciles de su vida. "Fue contra mi voluntad, no era lo que en mente quería, sino que mi salud me afectaba mucho", señaló. Ataques de pánico, vértigo y las consecuencias emocionales del aislamiento durante la pandemia fueron algunos de los factores que influyeron en esta determinación. "Me costó mucho, porque queda mi gente bella, sin mi ayuda, pero todo tiene un principio y un fin", expresó.
El espacio solidario nació con el aval del pastor Sergio Lari y la pastora Mónica Lagonegro, y con el acompañamiento de otras mujeres de la iglesia. Nilda recordó que muchas personas se acercaban en momentos clave del año, como el inicio de clases o los cambios de estación, en busca de guardapolvos, zapatillas, ropa de abrigo o trajes de baño para los chicos. "El trabajar para Dios y el poder ayudar a la gente es lo que más me gusta hacer", sostuvo.
Respecto al destino de la ropa, explicó que su intención siempre fue que alguien continuara con la tarea. Si bien varias personas manifestaron su interés, distintas situaciones personales lo impidieron. Finalmente, una vecina se ofreció a seguir con la iniciativa desde su casa, manteniendo el espíritu original: regalar las prendas. "Yo nunca vendí nada y no quiero que se manche ésto con empezar a vender", afirmó. "Lo que uno tiene y lo puede dar para que otro sea feliz, hay que hacerlo", agregó. Al tiempo que destacó que esta vecina se encuentra regalando prendas a vecinos del barrio, mientras que otra parte de las prendas fueron donadas para realizar una feria solidaria para reunir dinero para una mujer que necesita reunir dinero para costear la estadía en Buenos Aires, mientras acompaña la evolución de su hija que debe afrontar una cirugía.
En este contexto, Nilda recibió un reconocimiento por parte de la Iglesia Bautista Pueblo de Dios, algo que no esperaba. Debido a sus problemas de salud, hacía tiempo que no concurría regularmente al templo, pero un domingo sus hijos la llevaron sin avisarle y fue homenajeada junto a otras mujeres de la comunidad. "Me lloré la vida", confesó, agradecida por el gesto y por el cariño recibido.
Nilda destacó el acompañamiento constante de los pastores y de la comunidad. "Jamás me molestaron ni me exigieron nada, han sido excelentes personas conmigo", expresó. También valoró el reconocimiento como una forma de visibilizar un trabajo que nunca buscó aplausos ni recompensas. "Nunca lo hice con ningún interés. Lo hice solamente para Cristo", afirmó.
Con una mirada profundamente solidaria, resumió el sentido de su labor: ayudar sin esperar nada a cambio. "Ésta no es una feria, esta es la tienda de Cristo", decía a quienes se acercaban. Hoy, aunque el roperito ya no funciona en su casa, Nilda se queda con la tranquilidad de haber sembrado solidaridad durante más de una década y de que su trabajo continúe, de alguna manera, en otras manos.