Hablar de peluquería tradicional en Coronel Pringles es, inevitablemente, hablar de Juan Carlos Cesoni, referente de un oficio que supo adaptarse al paso del tiempo sin perder su esencia. Con 68 años de vida y más de medio siglo dedicado a la profesión, Cesoni continúa atendiendo detrás de la silla, en su local La Navaja de Oro, donde el sonido de la máquina y el ritual del corte siguen marcando el ritmo diario.
"Cuando vine a Pringles tenía 18 años. Hoy tengo 68, así que son más o menos 52 años de peluquero, porque antes estuve un tiempo en mi pueblo natal", cuenta con la serenidad de quien hizo del trabajo una forma de vida. Su llegada a la ciudad no fue casual: "Un amigo viajante me decía que los peluqueros que había acá eran todos grandes. Yo era joven, así que decidí venir".
Los primeros pasos los dio en la recordada Galería Fede, donde permaneció casi una década. "Ahí estuve entre ocho y diez años, con muchos vecinos como clientes. Gente que hoy ya no está, pero que marcó esa etapa", recuerda. Luego pasó por un empleo de comercio hasta que, finalmente, logró establecerse en el local actual, donde ya lleva cerca de 30 años.
La elección del oficio también tiene raíces familiares. "A mi mamá le gustaba mucho la peluquería, por eso me mandó a estudiar a Bahía Blanca", relata. Desde entonces, la tijera se convirtió en una extensión natural de sus manos.
El paso del tiempo transformó no solo los estilos, sino también el público. "Hace 50 años, la gente que tenía 30 o 40 era joven. Hoy muchos ya no están, pero vienen sus hijos y ahora los nietos. Ya son tres generaciones que pasan por acá", dice con orgullo. Esa continuidad explica el vínculo cercano que mantiene con sus clientes.
Adaptarse a las modas fue parte del camino. "Al principio uno se va actualizando, siguiendo lo nuevo. Después, con los años y la experiencia, la cancha te va enseñando", señala. Aunque reconoce que hoy predomina la máquina, Cesoni conserva técnicas clásicas: "Todavía tengo clientes que se cortan con navaja".
El nombre del local también remite a esa tradición. "Un amigo me decía "tijera de oro", pero como era la época de la navaja, quedó "La Navaja de Oro", explica. Un nombre que resistió modas y cambios, igual que su dueño.
Pensar en bajar la persiana no es sencillo. "Me cuesta imaginar un día sin abrir la peluquería. Estoy muy acostumbrado a estar acá, a los clientes, al movimiento", confiesa. Solo las vacaciones logran interrumpir una rutina que, desde hace más de cinco décadas, sigue siendo su lugar en el mundo.